Instituto Literario de Veracruz

Del aura estrella y los márgenes de la poesía

ILV 05/13/2013 Noticias Comentarios desactivados en Del aura estrella y los márgenes de la poesía

Una lectura de Del aura estrella como poética del naufragio amoroso: un libro que convierte el desamor, la ironía cultural y el exceso verbal en una travesía lírica de notable riesgo, con hallazgos genuinos y zonas deliberadamente expuestas.

Del aura estrella se presenta, desde antes de abrirse, con una mezcla de programa y trampa. El libro comparece bajo el resplandor de Petrarca, Calderón, Garcilaso, Alberti. Se instala en una genealogía deliberadamente amorosa, auroral, marina, y enseguida se sabotea con una dedicatoria que desarma cualquier solemnidad: “Este libro es cursi”. Esa frase no opera como simple ironía defensiva, sino como poética: Antúnez Piña decide entrar al territorio más desacreditado de cierta sensibilidad contemporánea —el del amor en su desnudez sentimental, el de la herida expuesta, el del melodrama asumido— y hacerlo sin pedir disculpas, aunque sí con conciencia de riesgo. El libro no quiere escapar del temblor afectivo: quiere pensar desde él, escribir desde él, y por eso una de sus mayores virtudes consiste en asumir que el patetismo, si encuentra ritmo, autoconciencia y plasticidad verbal, puede volver a ser una zona legítima de la poesía.

Hay, desde la “Obertura”, una voluntad de levantar un mundo verbal antes que una mera confidencia. El libro no empieza contando una anécdota amorosa: empieza fundando un paisaje simbólico. “Nazco en la brecha atroz de la escollera”, dice el poema inicial, y en seguida despliega una imaginería donde el mar, la botella, la escollera, las garzas, el sol y la lava no son decorado sino sistema de equivalencias. Vale la pena citarlo largamente porque ahí está una clave de lectura: “Ahí está, y si tocas el cielo, quema. Quema y sólo queda la caprichosa guía del aura estrella. La costa es el otro corazón del mundo. Ahí editó la botella su viñeta: grito de vidrio y petardo de prismas. También cargaré papel y damajuana al viaje, escribiré junto al sol, y lo enviaré a la postrera: acógelo, desierto de agua, imperio lustroso de sal y comercio. Viene lumbar el goce de la estatua: el dolor se petrifica lenguaje”. Aquí el poeta cifra casi todo: el viaje, la botella como mensaje, el mar como escenario de extravío, y sobre todo esa conversión decisiva del dolor en materia verbal. El libro, en el fondo, trata de eso: de cómo una experiencia sentimental se vuelve travesía retórica y respiración rítmica.

Lo primero que conviene decir a favor de Del aura estrella es que posee un oído afinado, aunque goloso, un poco atascado, tal vez. A veces desbordado, a veces irregular, a veces demasiado enamorado de sus propias ondulaciones, sí; pero oído al fin, y no un oído menor. Antúnez sabe que el poema amoroso no se sostiene sólo por intensidad emocional, sino por cadencia, por variación de registro, por arquitectura sonora. De ahí el diseño musical de varias secciones —“Obertura”, “Sonata”, “Scherzo”, “Rondó”, “Epílogo”— y de ahí también la insistencia en el retorno como forma, en el estribillo como oleaje, en la frase que reaparece para ganar espesor. “esperaré la luz del alba esperaré / del aura estrella se componen mis recuerdos / de cuerpos separados construyo mi vereda / mañana me embarcaré al acorazado pirata / viendo la pleamar indagaré nuevos horizontes / esperaré la luz del alba esperaré / esperaré la luz del alba / esperaré”. Más que un simple remate lírico, esto funciona como dispositivo de insistencia: la espera no sólo se enuncia, se ejecuta en la repetición. El poema entiende que el enamorado abandonado habla así: reincide, vuelve, martillea, canta para no disolverse.

Ahora bien, el libro no se reduce al lamento. Una de sus inteligencias consiste en no permanecer siempre en el mismo tono elegiaco. En medio del despecho, del ardor y del naufragio, aparece una veta de humor cultural, de ironía pop, de desmontaje del gesto sublime. Christopher Reeve, Saturday Night Live, Bogart, Ingrid Bergman, Gary Oldman, Mark Twain, José Alfredo, Drácula, Evangelion, Polanski, Sabina: la cultura alta y la cultura popular se cruzan aquí sin pedir permiso. No es ornamento caprichoso. Es, más bien, una forma contemporánea de la educación sentimental: el sujeto amoroso de Del aura estrella ya no puede hablar sólo con el repertorio petrarquista o garcilasista; también piensa y siente a través del cine, la canción, la cita mediática, la conversación de café, la memoria generacional. Cuando dice “Pídele al tiempo que vuelva con Christopher Reeve como protagonista / y viaje al corazón de la memoria de lo que fue / o lo que nunca podría haber sido”, el poema no está bromeando únicamente: está admitiendo que la nostalgia moderna ya es inseparable del imaginario del remake, del doblaje afectivo, de la escena rehecha por la cultura de masas.

Esa mezcla produce algunas de las páginas más vivas del libro. Pienso, por ejemplo, en el inicio de “Si necesitara comenzar un libro no sería así”, donde el yo poético hace del fracaso amoroso una especie de audición tragicómica para tripular el barco del deseo: “sé bailar tap y qué mejor lugar para una práctica que aquí / donde nada es estable y todo aspira a enclavar en tierra / puedo calafatear burlar la ola escribir los nombres al revés y de un golpe / leer el cielo si no está nublado / experto en paratextos permutas de cita y amante del epígrafe a falta de ingenio / porque me gusta contar con palabras ajenas desventuras propias”. Hay aquí una sinceridad rara: el poeta se exhibe como constructor de sí mismo, como usuario de citas, como sujeto que sabe que el amor también se escribe con bibliografía, con películas, con poses, con restos de lecturas. Ese grado de autoconciencia salva al libro de la ingenuidad.

La objeción crítica, sin embargo, no debe eludirse. Del aura estrella gana mucho cuando el exceso verbal está tensado por una necesidad rítmica o imaginativa verdadera, pero pierde cuando la proliferación léxica se vuelve autosuficiente. Hay momentos en que la exuberancia metafórica no termina de decantar en visión, y otros en que el gusto por lo raro, lo arcaizante o lo preciosista parece complacerse demasiado en sí mismo. La dicción del libro, por momentos, quiere ser al mismo tiempo barroca, conversacional, libresca, pop, elegiaca y burlona; casi siempre esa hibridez le da singularidad, pero en algunos pasajes lo dispersa, como si en el fondo, latiera un corazón neobarroco que se niega a sí mismo. La acumulación de referencias, los cambios bruscos de temperatura verbal y cierta inclinación a la ocurrencia pueden hacer que algunos textos se sientan menos trabajados en su poda de lo que exigen sus mejores páginas. Dicho de otro modo: hay un poeta verdadero aquí, pero todavía no siempre un severo editor de sí mismo. Esa falta de poda, no obstante, también forma parte del documento emocional que el libro levanta: estamos ante una poesía que prefiere arriesgar el desborde antes que administrar prudentemente su intensidad. Alejandro Albarrán, en la cuarta de forros, lo prevé, como si acaso supiera algo que los lectores tendrán que descubrir por sí mismos.

En su zona central, donde el libro se asume como “antología del patetismo marítimo en trobar leu”, la apuesta se vuelve más clara y también más vulnerable. La expresión podría leerse como broma privada, pero describe bastante bien el proyecto: una lírica del abatimiento amoroso pasada por el imaginario del mar, la navegación, el puerto, la deriva. “Un poco de rencor”, “Desperado”, “Despedida en solitario”, “Amor (casi) más allá de la muerte”, “Perorata del atropellado”, “Pena ajena”: los títulos mismos exhiben un teatro de la derrota. Y sin embargo, no es una derrota unívoca. En poemas como “Despedida en solitario” emerge una desolación más limpia, menos recargada, más efectiva: “yo sólo dejaré dos huellas sobre la tierra / puesto que ya descubro sin averiguarlo / una sola verdad que se transforma / en un temible escalofrío: / éste no fue mi mundo / no terminé en el lugar correcto / las mañanas que me importan son tres / y todas fueron contigo”. Aquí el poema alcanza una desnudez que conmueve de otro modo: ya no por la pirotecnia verbal, sino por la precisión del desamparo.

Uno de los rasgos más atendibles del libro es su concepción del amor como extranjería temporal. No se trata sólo de perder a alguien, sino de quedar desfasado, fuera del ritmo del mundo, convertido en sobreviviente de una cronología íntima que ya no coincide con la de nadie más. El libro está lleno de retornos imposibles, de remakes sentimentales, de esperas que son también detenciones del tiempo. “porque como el mañana no llega y sin embargo / transcurre”, dice más adelante, y esa línea bien podría condensar la lógica entera del volumen. El sujeto de Del aura estrella vive en un presente que avanza sin llegar nunca del todo a su consumación, como si amar fuera permanecer suspendido en un umbral. Esa temporalidad detenida es una de las formas más hondas del duelo amoroso, y Antúnez Piña la vuelve estribillo, obsesión, brújula averiada.

En la parte final, el libro da un paso arriesgado y necesario: en vez de clausurar con una resolución serena, se interna en un epílogo torrencial, memorioso, casi prosístico, donde los restos biográficos, políticos, generacionales y oníricos se mezclan. Ese tramo podría parecer, a primera vista, demasiado abierto o demasiado privado; sin embargo, cumple una función decisiva. Después de haber elevado la experiencia amorosa a emblema marino, el libro devuelve todo a la vida concreta: cafés, hoteles, conciertos, discusiones políticas, amigos nombrados, objetos perdidos, escenas urbanas, trabajo, canciones. Es como si el poema, después de navegar por sus símbolos, aceptara regresar a la intemperie de la memoria real. Y en medio de ese flujo hay un hallazgo sencillo y fuerte: “tú tienes una hija / el mundo es más bello por eso / …encontré la perla encontré la perla encontré la perla… / —así deben ser las cosas”. La perla encontrada no es la restitución del amor ni la victoria del deseo; es, más bien, una forma de aceptación, acaso la aceptación de que la belleza no coincide con la posesión.

Por eso el cierre es bueno. “encallado en el puerto del deseo / vuelvo con premura a besarte mansamente / pero no eres tú sino el espejismo / lo que me descubre y aniquila / en verdad nunca te amé tanto / como cuando dejé de hacerlo”. Pocas veces el libro es tan claro y tan certero. El amor culmina donde ya no puede consumarse como expectativa, sólo como saber. Ese remate resignifica retroactivamente la travesía entera: el aura estrella no era un objeto conquistable, sino una forma de orientación, una luz para perderse y, acaso, para escribir.

Del aura estrella no es un libro perfecto, y conviene decirlo con franqueza. Tiene zonas excesivas, algunas piezas menos memorables, ciertas inclinaciones al ornamento y una voluntad de estilo que a veces roza el artificio. Pero sería un error leer esos rasgos sólo como defectos. Son también las huellas de una apuesta poco frecuente: escribir poesía amorosa sin cinismo, permitirse la intensidad sin blindarse del ridículo, mezclar tradición áurea, imaginería marina, cultura pop, drama íntimo y autoironía en una sola respiración. En sus mejores momentos, el libro consigue algo nada fácil: que la cursilería declarada deje de ser debilidad y se vuelva método; que el exceso se convierta en ritmo; que el naufragio sentimental encuentre una sintaxis propia. No es poca cosa. En una época tan inclinada a la corrección del gesto, Del aura estrella se atreve a quedar expuesto. Y de esa exposición, a veces desmañada, a veces fulgurante, salen sus versos más perdurables.

Raúl Ramírez Ortega

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