Instituto Literario de Veracruz

Baco tabaco y Venus

Baco tabaco y Venus

Pero la idea de que los griegos sean los campeones del amor libre y la falta de pudor, es completamente anacrónica y engañosa. Bastará citar algunos ejemplos para corregir esta imagen. La épica Homérica, que también considera el sexo como una de las cosas más bonitas de la vida, indica los genitales con el término aidoia, «vergüenza», «pudenda». Y si la Ilíada y la Odisea describen con detalle trivial algunas actividades agradables como la preparación de las comidas o las mezclas del vino, son bastante reservados y sobrios cuando se trata de describir el amor físico. El Cantar de los cantares, en comparación, acude bien ya a un idioma erótico explícito cuando describe el encuentro entre dos amantes:

«Me abrí a mi deleite y mi deleite se apretó a mí, se plegó a
mi alma que estaba perdida por su dulzura.
Cuando mi deleite empuja dentro del sexo
mis entrañas sufren de escalofríos»
(14,5-6, trad. Al italiano de Giovanni Garbini).

También se encuentran inhibiciones lingüísticas en la comedia de Menandro, donde la musa desbocada de Aristófanes ha cedido el lugar a una más castigada. Además es necesario recordar que en la sociedad griega la mujer vivía segregada y que las reuniones entre los muchachos y muchachas eran difíciles y siempre clandestinas. El término moicheia, generalmente traducido como «adulterio», realmente cubre una categoría más amplia en la ley griega. No señalaba de hecho sólo la relación ilegítima con la esposa de otro, sino en general la seducción de cualquier mujer puesta bajo la protección de un hombre, por ejemplo una madre viuda o una hija soltera. La actitud hacia la homosexualidad tampoco debe idealizarse. Muchos investigadores prefieren hablar de la pseudo-homosexualidad a propósito de la pederastia griega y ponen este fenómeno en relación con la segregación sexual vigente en la sociedad clásica.

Por consiguiente la idea de la sensualidad pagana, libre y desinhibida, se habría cancelado por el pudor y sexofobia Cristiana, ¿sería entonces un simple mito de nuestra cultura moderna? Indisputablemente también en tierra griega se ha dado el proceso que Michel Foucault ha llamado «la problematización moral de los placeres». Los griegos tienen, a la par de otras civilizaciones, discursos y sistemas finalizados para el control y la manipulización de los placeres. Allí donde hay placer hay también necesariamente una moral, aunque sea relajada y tolerante. Esta comprobación suena incluso trivial. El ideal de la abstinencia, del ascetismo y de la castidad no pertenecen sólo a la tradición Cristiana, sino que han tenido también fortuna en el círculo pagano, sobre todo en las obras de las escuelas filosóficas de la edad helenística. Basta leer las palabras con que Diogenes el cínico que invitaba a correr lejos de esos astutos adversarios que son los placeres:

«El placer no se sirve aparentemente de la violencia. De hecho engaña y embruja con medicinas mortales, así como Circe, según dice Homero, embrujó a los compañeros de Ulises y los volvió cerdos, lobos y otras bestias salvajes. El placer es similar. No extiende trampas de de manera simple, sino de todas las maneras posibles, a través de la vista, del oído, del sentido del olor, del gusto y el tacto. Intenta corromper a través de la comida, las bebidas y los placeres del amor, esté la personas despierta o dormida»
(Dione Crisostomo 8, 21-22).

Advirtiendo de las lisonjas de los placeres, Diógenes no pensó condenar el placer en sí mismo, sino los sufrimientos que son asociados al goce del placer en una sociedad muy civilizada como era la helénica: «a menudo he visto al mendicante que debido a su indigencia disfrutaba de buena salud, mientras he visto ricos que debido a la intemperancia de su abdomen y su sexo estaban enfermos». Parafraseando a Leopardi podrían decirse que los cínicos creyeron que el tormento era un hijo del placer, o más bien de un mal uso de los medios que procuran placer y de la incapacidad para disciplinar los propios deseos. Epicuro también invitó a una vida sobria, distante del lujo, puso el placer como principio fundamental y anticipó de algún modo la idea freudiana que hace del principio del placer la fuerza reguladora del curso asumido por los eventos mentales. Escribió de hecho al fundador del Giardino en la famosa carta a su discípulo Meneceo:

«el placer es el principio y el fin extremo de vivir feliz. Sabemos que es el primer bien connatural, y trae el origen de cada acción nuestra, de cada opción y negativa, y juzgamos cada bien en base a sus supuestos afectos como norma.»

Pero inmediatamente después agrega:

«Consideramos bastante bien la autosuficiencia, no porque en cada caso nos tenemos que atener a poco, sino porque, si no tenemos mucho, tenemos que saber satisfacernos con poco, francamente convencidos de que aquellos que más disfrutan de la abundancia son, aquellos que de ella tienen la menor necesidad, y que todo lo que es segunda naturaleza es fácil de conseguir, lo que es vano es difícil de conseguir. Y una comida frugal da el mismo placer que una comida suntuosa, una vez que se elimina el dolor que viene de la necesidad; un pan y un sorbo de agua dan el más alto gusto a quien disfruta realmente de abandonar la necesidad.»

Las doctrinas morales de los filósofos han contribuido para imponer un ideal ascético, que en sus motivaciones y sus bases filosóficas es profundamente diferente de las prácticas de mortificación de la carne recomendadas por el cristianismo. No es una diferencia despreciable. No siendo capaces los filósofos paganos para quitarse la amenaza de un infierno en el que los glotones y los lujurioso habrían expiado sus excesos eternamente, las llamadas a una vida sobria no tenían que tener una gran fuerza de persuasión. Esto por lo menos es la impresión que se recava leyendo el epitafio de una mano desconocida que ha grabado en la tumba un tal Tito Claudio Segundo, un liberto del emperador Claudio: balnea vina Venus corrumpunt corpora nostra, sed vital faciunt balnea vina Venus, «baños, vino y amor corrompen nuestros cuerpos, pero baños vino y amor hacen nuestra vida.»

Traducción: Marco Carrión

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