Instituto Literario de Veracruz

Cinco historias

Cinco historias

Lydia Davis

Los ratones

En nuestras paredes habitan ratones, mas nunca importunan nuestra cocina. Estamos agradecidos, pero no podemos comprender por qué no vienen a nuestra cocina, donde hasta dispusimos trampas, siendo que sí invaden las cocinas de los vecinos. Aunque complacidos, también estamos perturbados, pues el comportamiento de los ratones nos induce a pensar que hay algo malo con nuestra cocina. Lo que hace todo esto aún más enigmático es que nuestra casa es mucho menos aseada que las casas de nuestros vecinos. Hay más comida disponible por toda la cocina, más migas sobre la plancha y más restos mohosos de cebolla que fue pateada bajo la base de la alacena. De hecho, hay muchos alimentos perdidos dentro de la cocina; por lo que sólo atino a pensar que los ratones mismos se han frustrado ante eso. En una cocina limpia, es un desafío para ellos encontrar suficiente comida de noche en noche para sobrevivir hasta el verano. Pacientemente cazan y mordisquean hora tras hora hasta que se encuentran satisfechos. En nuestra cocina, sin embargo, se topan de frente con algo fuera de proporción para su vivencia y no pueden lidiar con ello. Podrían aventurarse afuera algunos pasos, pero pronto el abrumador escenario y la variedad de hedores los conducirían de vuelta a sus madrigueras, agobiados y confundidos al no ser capaces de escarbar en la basura como deberían.

La excursión

Un arranque de furia cerca del camino, una negativa a hablar en el sendero, un silencio en los pinos del bosque, un silencio cruza el viejo puente ferroviario, un intento de ser afable en el agua, una negativa a terminar el argumento en la piedra lisa, una queja de ira en la huella de la tierra de la ribera, un llanto entre los arbustos.

Extraña conducta

Tú ves cómo echarle la culpa a las circunstancias. Yo no soy en verdad una persona rara si coloco más y más piezas de Kleenex en mis oídos y ciño una bufanda alrededor de mi cabeza: cuando vivo sola tengo todo el silencio que necesito.

Miedo

Casi todas las mañanas, una mujer de nuestra comunidad sale corriendo fuera de su casa con el rostro lívido y su chal ondulándose salvajemente. Gimotea, «emergencia, emergencia», y uno de nosotros va hacia ella y la abraza hasta que sus temores se disipan. Sabemos que lo hace adrede; nada le ha sucedido realmente. Pero entendemos, porque difícilmente alguno de nosotros no ha estado tentado alguna vez a hacer lo que ella; y en cada ocasión, eso nos ha despojado de toda nuestra fuerza, e incluso la fuerza de nuestros familiares y amigos, para calmarnos.

Cosas perdidas

Están perdidas, pero no del todo perdidas, sino en algún lugar del mundo. La mayoría son pequeñas, aunque dos son más grandes que el resto: una es un abrigo y la otra es un perro. De las cosas pequeñas una seguro es un anillo, y otra un botón. Están extraviadas para mí en el lugar donde me encuentre, pero no se han desvanecido. Están en algún otro lugar, y están ahí para alguien más, probablemente. Y si no está para alguien más, por lo menos el anillo no está, aún, perdido para sí, sino ahí, sólo que donde no estoy yo, y el botón, asimismo, ahí, sólo donde no estoy yo.

Traducción: Marco Antúnez Piña

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