Instituto Literario de Veracruz

La Sirena

La Sirena

Julia Blackburn

El hombre aún estaba tambaleándose por la indecisión, absorto en aquello que yacía amontonado a sus pies. «Entonces vi que no era un cadáver humano, o el tronco de un árbol o un bulto de sal que hubiese encontrado, sino una sirena.» Se encontraba bocabajo, su cuerpo torcido con una holgada correa, su cabello enmarañado con restos de algas marinas.

Fue el año mil cuatrocientos diez, en las primeras horas de la mañana con el sol extendiendo su paso a través de un manto de niebla que oscilaba a la deriva sobre la tierra y el agua.

El hombre nunca antes había visto una sirena, excepto por aquella tallada en piedra arriba de la puerta este de la iglesia. Tenía dientes muy puntiagudos y una cola doble como dos piernas blandas y estrechas, en tanto que aquélla tenía una sola cola que podría haber pertenecido a un hippogloso largo o a un abadejo.

El hombre dio un paso adelante y se acuclilló a su costado. El contorno de su cota de escamas destelló con la lámpara de aceite. Las acarició hacia donde se advertían más lisas; estaban húmedas y resbaladizas, dejándole una capa viscosa en la palma. Mas cuando su mano se deslizó sobre la pálida piel de su dorso la sintió tan áspera como la lengua de un gato, seca y muy fría.

Levantó una madeja de cabello oscuro, estimando su peso. Pequeños camaroncillos transparentes estaban atrapados dentro de sus nudos forcejeando para liberarse. Un cangrejo amarillo echó a correr bordeando su talle y desapareció de la vista.

Vaciló por un momento pero después sujetó a la sirena por los hombros y la volcó. Los parches de arena en su cuerpo eran como el mapa de algún país olvidado. Sus pezones eran tan colorados como las anémonas marinas. Su ombligo era hondo y redondo. Sus ojos estaban completamente abiertos y eran tan azules como sólo el cielo puede ser. Como él la miraba tan fijamente, una torcida sonrisa apareció en el rostro de ella.

Él había supuesto que estaba muerta, y con el impacto de verla recobrar la vida, soltó un gemido y pegó un brinco sobre sus pies. Dio la vuelta y comenzó a correr tan rápido como pudo sobre los montículos de arena cenagosa hacia el pueblo.

«Yo vi cómo holló el gris montecillo de légamo y los arbustos de hinojo marino muerto, con sus delgadas cortezas fácilmente abatidas. Pero anduvo más lento una vez que hubo alcanzado la franja de los arrecifes armados con las conchas huecas y afiladas de almejas y ostras, su corazón palpitaba en su garganta; ya estaba junto a los botes de pesca y la barraca de madera demolida por los vientos del norte.»

El viejo pescador permaneció ahí sentado tal como antes, cantando para sí mismo como si remendase sus redes, con sus piernas bien estiradas enfrente, tronando los huesos. No dio ninguna señal de interés mientras el joven trataba de explicarle lo que el mar había arrojado a la playa; ni siquiera movió la cabeza para mirar a su interlocutor.

El joven corrió de nuevo… (seguir leyendo)

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