Instituto Literario de Veracruz

La bella muerte y el cadáver ultrajado

La bella muerte y el cadáver ultrajado

Jean-Pierre Vernant

Traducción: Javier Palacio

 

Los preferidos de los dioses mueren jóvenes

(Menandro)

Ante los pies de unos muros de Troya que le han visto huir, derrotado frente a Aquiles, Héctor se detiene por unos instantes. Es consciente de que pronto va a morir. Atenea se la ha jugado; los demás dioses le han abandonado. El destino funesto (moira) ha puesto ya sus ojos sobre él. Pero, aunque ahora vencer o sobrevivir no esté en sus manos, sólo de él depende el cumplimiento de eso que exige, según la opinión general y la suya propia, su condición de guerrero: hacer de su muerte una forma de gloria imperecedera, convertir esa carga común a todas las criaturas sujetas a la mortalidad en un bien que le sea exclusivo y cuyo brillo le pertenezca para siempre. «No, no puedo concebir morir sin lucha ni sin gloria (akleios), sin realizar siquiera alguna hazaña cuyo relato sea conocido por los hombres del mañana». (Ilíada, XXII)

Para aquéllos a quienes en la Ilíada se denomina anéres (ándres), los hombres en la plenitud de su naturaleza viril, tan varoniles como valientes, morir en combate en la flor de su vida confiere al guerrero difunto, tal como haría cualquier rito iniciático, cierto conjunto de cualidades, virtudes y valores por los cuales, a lo largo de su existencia, compite la élite de los áristoi, los mejores. Esta «bella muerte» (kalos thánatos), para llamarla del mismo modo en que lo hacen las oraciones fúnebres atenienses, confiere a la figura del guerrero caído en la batalla, a manera de una revelación, la ilustre cualidad de anér agathós, de hombre valeroso, osado. Aquellos que hayan pagado con la vida su desprecio al deshonor en combate, a la vergonzosa cobardía, tienen de seguro garantizado un renombre. La bella muerte implica a la vez la muerte gloriosa (eukleés thánatos). Mientras el tiempo sea tiempo, persistirá la gloria del desaparecido guerrero; y el resplandor de su fama, kléos, que en lo sucesivo adornará su nombre y su figura, representa el último grado del honor, su punto más álgido, la consecución de la areté. Gracias a la bella muerte, la excelencia (areté) deja por fin de ser mensurable sólo en relación a un otro, de necesitar comprobación por medio del enfrentamiento. Se ha realizado de una vez y para siempre gracias a la proeza que pone fin a la vida del héroe. (…)

Sobrepasando cualquier honor ordinario o dignidad de Estado, tan efímeros y relativos, aspirando al absoluto del kléos áphthiton, el honor heroico presupone la existencia tradicional de una poesía oral, depositaria de la cultura común y con funciones, en lo que se refiere al grupo, de memoria social. Dentro de eso que se ha dado en llamar, en pocas palabras, el universo homérico, el honor heroico y la poesía épica resultan indisociables: sólo existe el kléos si es celebrado y el canto poético, además de celebrar la estirpe de los dioses, no tiene más objeto que evocar los kléa andrón, los acontecimientos gloriosos más excelsos llevados a cabo por los hombres de antaño, perpetuando su recuerdo para hacerlos más vivos a oídos de su auditorio de lo que puedan llegar a ser los hechos ordinarios de su existencia. (Hesíodo, Teogonía) La vida breve, la proeza y la bella muerte solamente tienen sentido en la medida en que, encontrando su sitio en un tipo de canto presto para acogerlas y magnificarlas, confieren al héroe mismo el privilegio de ser aoídimos, objeto de canto, digno de ser cantado. Gracias a la transposición literaria del canto épico, el personaje del héroe adquirirá esa estatura, esa densidad existencial de una duración tal que, por sí sola, basta para justificar el extremo rigor del ideal heroico y los sacrificios por él impuestos. En las exigencias de un tipo de honor por encima del honor se encuentra, por lo tanto, un ideal «literario». Eso no significa que el honor heroico consista en una mera convención estilística y el héroe en un personaje por entero ficticio. La exaltación de la «bella muerte» en Esparta y Atenas, durante la época clásica, pone de manifiesto el prestigio que el ideal heroico conservara y su influencia sobre las costumbres hasta en ciertos contextos históricos tan alejados del universo de Homero como es el de la Ciudad. Pero para que el honor heroico continuara estando vivo en el corazón de esa civilización, para que el sistema de valores en conjunto permaneciera marcado con su sello, era preciso que la función poética, más que una forma de divertimento, conservara su papel en la educación y en la formación, que mediante y gracias a ella se transmitiera, se enseñara, se actualizara en el alma de todos esa serie de saberes, creencias, actitudes y valores que sirven para conformar cualquier cultura. Solamente la poesía épica, en virtud de su estatuto y funciones, podía conferir al deseo de gloria imperecedera de la cual el héroe está poseído esa base institucional y esa legitimación social sin las que tal aspiración se asemejaría a una especie de fantasía subjetiva. Puede sorprendernos a veces que semejantes ansias de supervivencia se redujeran, al parecer, a una forma «literaria» de inmortalidad. Pero eso supondría tanto como soslayar las diferencias que separan a los individuos y a la cultura griega de nosotros. Para el individuo de la Antigüedad cuyo sentido de individualidad se configuraba a partir del otro -se basaba en la opinión pública-, entre la epopeya, con funciones de paideia gracias a la exaltación del héroe ejemplar, y la voluntad de sobrevivir tras la muerte, en virtud de la idea de «gloria imperecedera», existen las mismas relaciones estructurales que para los individuos de la actualidad con su yo interiorizado, único, separado- hay entre la aparición de géneros literarios «puros» como la novela, la autobiografía o el diario íntimo y la esperanza de una vida ultraterrena en forma de un alma singular inmortal. (…)

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